Jueves, 12 de Agosto de 2010 00:00 | Escrito por Nelson Herrera Ysla | | |
Sin pretender historiar un evento de tal magnitud como la Bienal de La Habana –lo cual implicaría más páginas de las aquí entregadas-- nacido al calor de un pujante y vigoroso movimiento artístico nacional, de un contexto internacional asomado a profundos cambios con el arribo pleno de la postmodernidad, sobre todo lo relacionado con la creación y circulación de las obras, “fin del arte” motivado por su excesiva desterritorialización, cruces y desbordamientos incontrolables para la crítica y la historia, y como modo de rendir homenaje a la vida y obra de Wifredo Lam, debo señalar como factor indiscutible para su surgimiento y desarrollo la creación de la institución que lo habría de impulsar hasta nuestros días, el Centro Wifredo Lam.
Gracias a un decreto oficial emitido por el Gobierno Revolucionario de la República de Cuba en el año 1983, dicho Centro nació con el propósito fundamental de investigar y promover la riqueza de las expresiones artísticas de América Latina, África y Asia; es decir, con una vocación tercermundista y universal a tono, sin dudas, con la vocación de la propia cultura cubana si observamos su origen y posterior desarrollo desde el siglo XVIII hasta nuestros días. El modo de promover dicha riqueza sería concretado en la celebración, cada dos años, de la Bienal de La Habana en tanto expresión sintética del aporte de los artistas contemporáneos del entonces llamado tercer mundo a esa cultura universal a la que siempre pertenecieron aunque permanecieran históricamente al margen de esos circuitos legitimadores que los ignoraba o subvaloraba. Había llegado el momento, pues, de contribuir al mayor y más profundo conocimiento de nuestros valores artísticos sin jerarquizaciones ni exclusiones, entre los cuales la obra de Wifredo Lam --uno de los artistas notables del siglo XX que condensó magistralmente en pintura, grabado, dibujo, cerámica, la iconografía y el significado esencial de ricas y vastas culturas manipuladas por amplios sectores intelectuales de Occidente como etnología y folclor, arte primitivo— resulta ejemplar y paradigmática junto a la de muchos otros creadores y manifestaciones abundantes en múltiples centros y confines de esas naciones pertenecientes al también llamado sur.
El breve recuento a continuación se hace en ocasión de celebrarse en el año 2009 los veinticinco años de inaugurada la Bienal y repasar, en pocas palabras, la magnitud e intensidad de una experiencia por momentos extraordinaria, lúcida, controvertida, disidente, institucionalizada, legitimada, que ha contribuido, sin lugar a dudas, a colocar en el mapa mundial a artistas y obras cuya significación es hoy reconocida en diversas latitudes, a quebrar de algún modo la noción de centro y periferia de la que tanto se ha abusado y conformar un espacio intelectual para la reflexión en torno a nuestras culturas visuales en compañía de creadores, expertos, interesados y visitantes de todas partes del mundo.
Eludiré juicios y valoraciones de los diversos períodos del evento pues no creo pertinente hacerlo ya que sigue siendo difícil, por no decir imposible, ser juez y parte. En casi todas sus ediciones la Bienal de La Habana ha motivado un conjunto notable de críticas que han aparecido en revistas especializadas, principalmente, de América Latina, Europa y los Estados Unidos: ellas conforman, sin dudas, un marco de referencias importantes por su seriedad y rigor a la hora del análisis histórico de la Bienal, más incisivo y amplio del que yo reflejo aquí.